Triste Figura

Dulcinea, su hija, le mencionó que Triste Figura vendría hoy a la casa a buscar un cuaderno de la clase de literatura.
Cuando sonó el timbre, Irene, la madre, se dirigió a la puerta esperando encontrar un niño alto y excesivamente delgado, de mirada firme, aguda y algo irónica.
La sorpresa fue encontrar un joven no tan alto y un poco gordito. Había entrado con su motocicleta al jardín de la casa y el vehículo estaba estacionado junto a la puerta de entrada. Era una moto vieja, el asiento de cuero se veía ya partido de tanto uso y la pintura ya no tenía brillo. Sin embargo Triste Figura tuvo el cuidado de entrar con ella al jardín evitando dejarla sola en la calle denotando así alguna estima por aquella máquina ya tan desgastada.
Irene entró a buscar el cuaderno que le había encargado Dulcinea entregarle no sin antes darse cuenta de la gran cantidad de tatuajes que traía Triste Figura. Por lo menos las visibles eran hechas con tinta negra pero quizás hubiera alguna a colores, oculta por la camisa también negra y por el cabello largo que le cubría parte de la cara y de las espaldas.
Regresó Irene, le entregó el cuaderno y cuando él le dio las gracias pudo ver el piercing en su lengua. Ninguna sorpresa, todos los amigos de Dulcinea traían piercings y tatuajes.
Lo que realmente llamó la atención de Irene fue la mirada, triste como el apodo y tan falta de brillo como la pintura de la moto.
Edi













